domingo, 9 de diciembre de 2007









Sabe el miserable
que un día será agua.

Danos hoy tu lengua,
con ella rescataremos el rostro,
el cuerpo que mereció amar.
Bendice la voz desnuda,
deja que se desplome en vuelo,
tanto tiempo sumergida.

Así, ventura de una calma,
en paz con los libros de invierno,
antes de que todo hierva
y las cicatrices hablen en su dialecto.

Tierna sílaba
                  susurra,
oráculo de todo.







Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio

2 comentarios:

ana dijo...

He leido de a poco tus poemas, desde el más reciente hasta el más antiguo.
En dirección inversa , dejando que cada verso se desgranara lentamente.
Desde ellos renazco con la sensación de venir de un tiempo sin clepsidras.
De una catedral románica, sin exuberancias, casi sin ornamentos, de repente asalta un fulgor, deslumbra i encandila, deja sin aliento, donde cada palabra es un cirio ardiente y un olor a penumbra… abovedamiento, solidez, un antiguo eco, un recogimiento casi religioso al ver la palabra emerger como una epifanía límpida y vital
Sospechado el abismo, anhelado el quiebre,
la ascensión y la caída.
Versos Silenciosos como niños dormidos, sueños colgados en vitrales, los traspasa la luz de una cadencia antigua , prístina , monódica...
Siempre una sorpresa o un asombro, una perplejidad, el vértigo
Y en el fondo una oración que se teje, hilo a hilo,
Luz a luz, entre oscuridad y pálpito
Un solo gran poema

me han gustado mucho,mis respetos, poeta
anamaría

Durandarte dijo...

Me quedo sin palabras, anamaría.

Solo agradecerte la generosidad de tu lectura, largueza de la que ojalá fueran merecedores esos versos.

Saludos