viernes 15 de enero de 2010
Uncido al relámpago
serás animal invisible.
Nada que no disuelva
la flor de la fiebre.
Anocheces en el centro de la vigilia.
Francisco R. Hernández, Día de las aguas
viernes 6 de noviembre de 2009
Tú colocarás
la moneda bajo mi lengua,
y la conciencia será agua
donde abreven las fieles bestias.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
jueves 1 de octubre de 2009
Cifra viva,
nunca fuiste oscura.
De blanco vistes en la mañana más alta,
la que estalla en silencio.
Inmóvil la jornada
de quien no volverá a dormir bajo tu cimbra.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
viernes 4 de septiembre de 2009
También el tacto candente del día
lleva en su latido benéfico
un aviso de sobresalto en el borde.
En la inmóvil circunferencia,
un espacio donde labios o veneno,
                                                  alternativamente,
se posan con la misma determinación.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
miércoles 5 de agosto de 2009
Descienda la adormidera
en naves umbrías.
Olvido de toda batalla
y su ciencia de la carne.
Nunca fui.
Sólo el guatelete
en vela resplandece
con la posibilidad de siglos
de plata sobre la grama.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 4 de julio de 2009
No el temblor,
lámina fiel que en la superficie
aún separa miembro y aire.
Antes del despojo,
presos en la eterna claridad del viaje.
Temporada sin mancha,
acogidos por los tilos y su fe de sombra.
Pudimos seguir así,
                             inmóviles,
nunca ceniza,
casi a punto de recordar.
Preciosa raíz de lo que no fuimos.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 6 de junio de 2009
Bajo el ciclamor
el hueso se sabe púrpura,
y nunca más exilio
porque ya es ave y ojo.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
lunes 11 de mayo de 2009
Un dios enfermo desoye tu plegaria,
la cáscara de la sílaba
es arrastrada por su respiración.
No acates.
Haz que fulja.
De ese incendio
va a nacer tu edad.
Francisco R. Hernández, La sed y el incendio
jueves 9 de abril de 2009
Quien repite gestos bajo una bóveda
ordena el mundo.
Reparte en sus cuadrículas
dosis no tan letales.
Hasta que el viento dispersa ese afán
con la violencia de su brazo.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 7 de marzo de 2009
Si digo cruz,
nunca más el cerco,
mercurio que cesa
en esta mañana primera.
Recuerde la canción
los mármoles del aire,
la plata de los días.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
viernes 6 de febrero de 2009
Sólo huello nieve soñada.
La vid conoce su herrumbre;
el ciervo, la última fiebre.
En la fronda, memoria del veneno
y sus sílabas.
Más bajo ese fulgor
el milagro se cumple de otra forma.
Noli me tangere.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
jueves 1 de enero de 2009
Si esta diáspora al fin
y bebida toda la luz negra
regresara al verbo
como humilde tesela
o nombre del olivo.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 20 de diciembre de 2008
Cóncava,
la voluntad expira sin mácula.
Y nada se cumple
porque sosegó el aire la fortuna.
Inmóvil aluzaba la mañana.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 8 de noviembre de 2008
Certidumbre de libro último,
nada elude sus renglones.
Hasta mi transparencia escrita
por el mismo amanuense:
quien cita al halconero en el bosque,
planta la ajedrea junto al muro,
o copia –con fidelísima caligrafía–
el cuerpo de Patroclo doblegado.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
domingo 19 de octubre de 2008
                                                 Discóbolo
No es la contienda del mármol
la que libra el pez de la palabra,
ni la luz prendida en el volumen
acata el mismo mandato.
Pero un compás dispone el músculo,
la letanía del arquero
o la inclinación del celebrante.
Ven a escuchar qué restalla
en el principio del fruto.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 27 de septiembre de 2008
Esta es la misma tarde
que no cesa,
y su estéril victoria
viste túnica semejante.
No has de morir,
porque nada fue celado
bajo el viento de transparencia.
En los ojos de tu perro,
unas figuras recién llegadas.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
viernes 29 de agosto de 2008
Mira cómo las pisadas
escriben el cauce antiguo.
Aguarda el segundo arrebol:
no antes tensarás el estambre
hasta que las pulsaciones
pueblen el aire del mes.
Después pesa el signo ardiente,
siempre envés bajo el agua.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
Destierro a Constanza
Sólo la madurez del fruto,
                                     poema,
jura que estos versos
también viajaron hasta Constanza.
Idéntico metal de nubes bajas,
sombra del aire extremo.
¿Qué semejanzas esparcen su aviso?
Mismo perseverar de lo invisible.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
domingo 10 de agosto de 2008
Sea respiración cada puntada,
repose el signo en la urdimbre
donde lo insonoro anida.
Abrigan la hora y la certeza
una divisa fecunda.
En la nuez, la palabra.
Otro rezo me mide
con su columna de pájaros.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
lunes 28 de julio de 2008
Luz reja
rotura sombras
mientras concibe la rosa.
Cosecha de hora pulcra,
también la labor del acero
bajo los celajes del día.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
miércoles 16 de julio de 2008
Esta alborada contempla
las caricias de Acteón.
Azuzo jaurías
que regresarán agotadas,
y como cada tarde
sólo la luz vulnerará límites.
Aguardo el día
y su hora cárdena.
En el bosque cada dentellada
leerá al fin mi carne.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
Así el miedo sólo fue
un anuncio de pájaros,
nueva aurora del olor enfermo,
con su región y su tasa.
(Escapó tras varios días sin hablar.
Tregua en el recodo
donde memorizó los enunciados,
única piel sin sospecha.)
Francisco R. Hernández, De una región, clamor
domingo 22 de junio de 2008
El que vio lo más hondo,
los cimientos del país
Epopeya de Gilgames
No mis ojos:
débil crónica acomoda el viento.
Aún no clamor,
llegue el sonido con su pulso.
Quien a un dios nombra
es exacto
o se abisma.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
Antes del decir,
los dioses se desplomaban
sobre la espesura.
Allí olvidaban
el primer deslumbramiento
en un sueño de aguas.
Palabra entonces
como grieta del silencio.
                                   Amor,
¿fue albor lo que afirmaste?
Francisco R. Hernández, en De una región, clamor
sábado 7 de junio de 2008
Derrama el auriga
el gobierno de su estela.
Alguien dibuja las riendas
y responde
del surco y los signos,
de la arena hollada
antes de la arena.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
Alfabeto de luz
derrama
signos
sobre la tarde.
Abolida cesura
se alzan
templos
cerca del mar.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
domingo 4 de mayo de 2008
Lento el caudal
porque careces de fe.
¿No divisas ya velas
                             o alas?
Hace tiempo que bebe
en los ojos de tus perros
la sed de un incendio.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
domingo 30 de marzo de 2008
Espera lo que fue ocelo,
acerado e inquieto.
¿Qué alimentó su corazón
en centurias de hielo?
Reconoce mi marca
cuando no recuerdo piel donde habité,
ampara mi voz
bajo el fragor de la campaña,
protege mi sombra
contra el eclipse de mediodía.
No es otra la sed
de quien no cesa jamás.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 15 de marzo de 2008
Nadie medirá esta fiebre.
Adiestrado, ofrezco el pecho
como jenízaro leal.
En él se posa,
                           batir de alas lentas,
una huella de vuelo.
Evoque ya mi pupila,
                                           sin cautela,
la limpia silueta.
Con precisa grafía anticipo mi nombre.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
Abdica el halconero
detrás de la tarde.
Disuelva el trazo
quien sustenta sombra.
Tu albedrío ya es agua.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 8 de marzo de 2008
Aquel año las fiebres
asolaron su cuerpo.
Llegaron con la noticia
de hojas ardientes y viento manchado.
Una vez más pensó que no se pertenecía;
una vez más, extraño
en comarca que tuvo otro nombre.
También recordó que antes de sus pasos,
en la escritura primera,
de susurros y hogueras eran los días.
Francisco R. Hernández, De una región, clamor
viernes 29 de febrero de 2008
Olvida el escriba si es temprano para el acecho.
El musgo se afana
en labor de cerco.
La herida imita alboradas
bajo su humor.
La mano aún viaja
sobre la testuz de la bestia.
Son números en sucesión.
En última añada
cristalizarán.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
miércoles 20 de febrero de 2008
Alcanzara el ardid del fósil
mientras despliego este vacío
sobre el que una sustancia y su letargo
conciben caligrafías.
Quien divide celajes
duerme invulnerable.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 9 de febrero de 2008
No olvido
la tibia voz del manglar
ni el veloz tacto de la plata.
Cifra son de esta hora.
Circundo palabra inaugural
como rumor de un ejército.
Severa
inscripción.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 2 de febrero de 2008
Soy yo quien anochece.
Nunca esta avenida
fidelísima al cauce.
Lleva el fulgor del escudo
y la cautela del velo.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
domingo 27 de enero de 2008
Certeza de luz que nadaba
bajo el almendro.
La senda labró
un tenaz músculo de costumbre,
huella del dístico
que sometía en su espacio
la avidez de la hora.
Conjuro contra las sombras.
El resto fue derrota,
divisa abrasada.
Ahora,
desde el agua de nadie,
ruega por mí.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 12 de enero de 2008
Por tu vida, tus rodillas y tus padres
te ruego no destrocen los perros
mi carne ante las naves aqueas.
Canto XXII, LA ILÍADA
A condición
de elevar plegarias cada noche
por el cuerpo de Héctor.
Así la lanzada se aquietará
                                       cautiva,
en piélago de trazos
                             y sonidos.
A ritmo de un cayado
será a la vez
música y conjuro.
Intacto arribas a la sombra.
Francisco Ramón Hernández, de La sed y el incendio
sábado 5 de enero de 2008
Gira la sombra del sauce
en fe de tránsito.
¿Marca del tiempo?
Edad abolida.
Este latido es resina,
                              ya pleno
como recuerdo de dioses.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incencido
sábado 29 de diciembre de 2007
El súbito malestar
del viejo ahogado que emerge.
El mar estaba en la luz
y no en la morada,
benéfica tiniebla, abismo que acaricia.
Pensó que era mejor estar muerto,
evitar el ascenso, la comunión lacerante
con el día que ya gobierna.
Un peldaño y otro;
subida de frío tacto
hasta el fondo del ojo
que ya vuelve a respirar,
con pausa.
Mañana en todas las afueras,
donde el eco de brasas
trae una noticia.
Francisco R. Hernández, de De una región, clamor
domingo 23 de diciembre de 2007
Regreso del sueño,
y recuerdo la caída de brazos abiertos,
justo cuando la confidencia es dulce
y en los labios de sábanas frescas
se pone fin a un perseverar obsceno,
al martilleo de mí mismo sobre el yunque;
latido y ritmo que han gobernado
con esa voluntad ciega o torpe.
Francisco R. Hernández, de De una región, clamor
sábado 22 de diciembre de 2007
Lanzo runas
que resuelven el humor de mis ojos
o guían la deriva en la sangre.
Todo antes que someterme
al ídolo implacable
que mora el azogue,
cántico memorizado
                             en el perfil.
Hasta aquí llega su reino.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
lunes 17 de diciembre de 2007
Dos soy para el venero.
Quien arrastra
su pulso de ceniza,
quien atento
mide rumor nocturno.
Vigilo el arco de voz.
Sólo uno a su linaje será fiel.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
sábado 15 de diciembre de 2007
Espinazo del día,
ahora reconozco tu oro.
Al borde
            la memoria vacila,
no merece y duda.
En retaguardia de luz
respira el perpetuo sentido.Esto que escribo son sus nombres.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
mide esta tarde,
los dioses esmeran el trazo.
Caligrafía velada
que abre como ciego escalpelo
la carne de mañana.
Un ángel roza tu pulmón,
y a pesar del crujido de la carne,
sólo es batida soñada.
                                Tras la fronda,
de hinojos ruegas por nosotros,
por el descenso
                       de la memoria al hueso.
Tú que conoces el derrotero,
¿serán vuelo o deseo
las marcas que olvida el halcón?
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
Vi al corzo boca abajo,
mas no su sangre.
Augurio o remanso,
desde ese día
los caballos no reconocieron su sombra,
nevó en la boca de un dios,
dibujé letras en estaño
y en el centro de negra estrella
midieron los días su exacto soplo.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
                          Todo tras sí lo lleva el año breve
                          Francisco de Quevedo
Ya deja de ser.
Saber olvidado en su eje,
minúsculo tránsito
que, sin embargo, mueve las estrellas.
Escucha su giro metálico:
guarda la fría esfera
la música de mil caricias.
Y otros muchos objetos
que hoy dormirán
el invulnerable sueño mineral.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
                      20 de marzo
Sólo resta adivinar
por qué hendidura cesaré.
Bastará escuchar
los sonidos de esta invasión,
perfecta mitad del día
que nos arroja desnudos
sobre la superficie del agua.
Clamor inmóvil.
Ningún animal se refugiará
en esta fecha.
Desaparecerán con su memoria incendiada.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
Te cito y encierro,
escancio tu sonido
en esta región invisible.
Mira desde qué altura caes,
cómo te recojo
y doy calor.
Sólo quiero tocar
la nervadura de tu hoja,
arteria sin azar.
Sólo acompañar tu deslizamiento
y el rumor de la piel,
sin preguntar jamás
quién remonta por mi sangre.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
No duerme del caballo
la herida,
en el fondo respiran
fiebre y carne,
presienten sus ojos la mordedura,
voz de espigas
que nunca inclinará la calma.
Bestia sin noticia,
¿cuidarán las abejas tu memoria?
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
domingo 9 de diciembre de 2007
Sabe el miserable
que un día será agua.
Danos hoy tu lengua,
con ella rescataremos el rostro,
el cuerpo que mereció amar.
Bendice la voz desnuda,
deja que se desplome en vuelo,
tanto tiempo sumergida.
Así, ventura de una calma,
en paz con los libros de invierno,
antes de que todo hierva
y las cicatrices hablen en su dialecto.
Tierna sílaba
                  susurra,
oráculo de todo.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio
viernes 7 de diciembre de 2007
El batir de alas
fue siempre un estallido,
con cada mitad trazada
en una labor invisible.
Toco el gajo,
tacto de futura incandescencia,
quemazón y paladar de esta parte.
Por otra mitad que flota
como jácena sin cobijo.
De la misma combustión,
uva y sombra perduran
sin noticias del soplo
que aquieta y restablece.
Francisco R. Hernández, de La sed y el incendio